8 de agosto de 2011

NI VOZ, NI SONIDO

Aun recuerdo verla sonreír como si nos hubiésemos reencontrado después de mucho tiempo, pero su sonrisa era así, tan efusiva, tan sincera, tan llena de hermosura... Sus labios eran como dos manchas de sangre en medio de la nieve. Tenia la piel de porcelana, siempre parecía tan frágil, era como una figura apunto de romperse. Pero aquel pálido rostro también tenía color, sus mejillas siempre parecían sonrojadas, un suave color rosa las bordaba. Su pelo negro caía sobre sus hombros y terminaba en la cintura. Una cascada oscura y lisa bañaba aquel cuerpo creado de leche. El olor de su cabello me envolvía cada vez que lo zarandeaba, y la esencia a miel que emanaba me encerraba en uno de los mejores instantes de mi vida.
 Cada paso que daba era como una nota musical, y mientras caminaba, hacia sonar una de las mejores sinfonías que nunca he escuchado. La viveza con la que se movía, me hacían pensar si ella oía alguna melodía cada vez que paseaba. Todavía puedo verla dando vueltas sin parar, como una ligera pluma que se balancea entre los hilos del viento. Pero todo eso solo existe en mi memoria.
Jamás llego a escuchar todo lo que yo sentía, nunca escucho mi voz, realmente nunca percibió ningún sonido. Hoy, todavía sigo pensando que minutos antes de que su corazón se apagase para siempre consiguió oírme y hablarme por primera vez, un anémico sonido, casi imperceptible animo mis oídos, no se si sucedió de verdad, porque yo ya había aprendido a oír hablar al silencio de su voz.